En la actualidad, «tu club te necesita más que nunca»

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CORONAVIRUS. Debido a la emergencia sanitaria por la pandemia del Coronavirus, los clubes del interior del país, los del barrio, están atravesando una dura crisis económica. Un texto para reflexionar y darnos cuenta los motivos por los cuales es imposible alejarnos de nuestra segunda casa. Por Juan Manuel Ruiz – Actividad Física, Educación, Rendimiento y Salud. www.aferys.com

Los clubes barriales tuvieron su auge entre los años 1900 y 1930, entre los cuales, se fundaron la mayoría. En aquellos años, grupos de vecinos apasionados y con una mentalidad de generar hábitos saludables para sus hijos, aunaban esfuerzos para construir desde las bases, con sudor y lágrimas, las instituciones que se erigen aún hoy en día. Por aquellos momentos eran simples playones deportivos de reencuentro. Fueron mutando, junto a la sociedad, y hoy cumplen un rol social de contención inigualable. Tras los avatares económicos de las ultimas crisis que ha vivido la Argentina, muchos clubes tuvieron que cerrar sus puertas, y los municipios coparon en gran medida esos espacios.

Pero hay muchos otros clubes, claros ejemplos de supervivencia, manteniendo sus puertas abiertas, que han luchado y crecido, con la incorporación de diferentes disciplinas deportivas y desarrollando sus instalaciones, pero siempre manteniendo su identidad de club barrial. Porque contrario a lo que todos los que aspiramos alguna vez de concurrir a un club miran, los clubes no se componen por infraestructura o por las disciplinas que ofrecen, los clubes están formados por personas. El club que está formado por vecinos, amigos y familiares, en el que podemos encontrar no solo espacios de desarrollo deportivo sino también de desarrollo personal y social.

Inauguración del famoso Barrio Cano. / Gentileza.

Desde su ingreso se respira en la atmósfera ese clima cálido, humilde, sencillo, que te hace sentir como de visitas en la casa de tu abuela. El murmullo de las familias enteras formando un círculo y conversando, los gritos de niños jugando, las pelotas picando. Una atmósfera en la que puedes disfrutar y divertirte siempre bajo un manto de cuidado, donde las travesuras son compartidas, donde se hace sencillo abrirse al diálogo de intimidades con personas que pondrán su oído, donde encontrar risas y poder descargar el estrés y enfado, donde encontrar a alguien que nos ayude a sopesar nuestras dolencias poniendo el hombro, en donde depositar la confianza para ser parte de la educación en valores de nuestros hijos.

Pero, hoy los clubes barriales están agonizando, están en terapia intensiva, están ahí, esperando, jugándose entre la vida o la muerte, y como en cualquier muerte, eso no depende de ellos, escapa a su control.

Los clubes barriales están muriendo. Sus puertas están cerradas, sus luces apagadas, de sus cantinas no sale ese olor a empanadas o pizzas, y no se escuchan las risas de niños en sus jardines, tampoco el retumbar de una pelota en sus canchas.

Hoy los clubes están sin su corazón (las familias socias), el cual ha tenido que ser quirurgicamente intervenido, y se han tomado medidas extraordinarias para intentar mantenerlo. Hoy los profes le hicieron un bypass y los entrenamientos se dan por internet. Hoy los directivos le realizaron una traqueotomía a su economía, permitiéndoles respirar y que los socios paguen solidariamente cuotas por diversos medios como débito y transferencias. Se buscan algunas medidas gubernamentales a modo de respirador automático.

Pero la verdad es que esos clubes barriales están muriendo. Cada día que pasa sin entrenamientos, cada noche donde no se juega un partido, cada vez que no suena la chicharra de la mesa de control o el silbato de un árbitro, es un infarto que sufre.

Y mucho de esa vida que tienen los clubes se debe a personas que anteponen su interés personal por el bien común, inversamente a lo que pueden suponer algunos, el abocarse a ser parte de la comisión de un club no llena los bolsillos de nadie, por el contrario, es más el dinero que invierten en la institución que aman en pos de verla crecer. Son muchos los esfuerzos que se deben llevar a cabo, son muchas las horas dedicadas, que bien podrían ser dedicadas a otro ámbito de desarrollo personal. Pero ellos se mantienen en ese lugar, sabiendo que su función los excede. Ellos toman las decisiones finales, algunas bien vistas, otras no tanto, algunas suman adeptos y otras rechazos, pero si hay algo que no podemos debatir es su buena voluntad. Todas las decisiones tomadas, nos gusten o no, son las que se consideran mejor para el crecimiento del club. Es totalmente incuestionable su amor al club. Tal fue el caso de testimonios que hemos recogido, que hombres y mujeres, que continúan el legado de los fundadores, buscando tocar el corazón de los niños que pasan por sus canchas, y con el objetivo de poder contribuir su granito de arena para cambiar sus vidas, dotándolos de hábitos saludables y valores sociales que tanto se necesitan hoy en día.

«La luna se escapó de Avellaneda, y nos vino a visitar», me comento un dirigente, haciendo alusión a la encantadora película «Luna de Avellaneda», que habla de un club que se debate entre vender o continuar, frente a una crisis económica. Hoy, todos se están debatiendo si después de la cuarentena obligatoria por el COVID-19 podrán abrir sus puertas o deberán sepultar las líneas del campo de juego.

Otro dirigente con el que pudimos dialogar, nos dejó su punto de vista. De larga trayectoria en el club, había visto cómo sus tres hijos crecieron en él, y como padre comprometido se fue involucrando cada vez más, al punto de hoy manejar las decisiones del club. Me explicaba que lo hace porque aún está su hija menor de diez años, la cual nunca le gustó hacer nada, ni de deporte, ni de arte, ni de música. Básicamente la nena le gustaba estar en casa, leyendo, viendo televisión o jugando videos. Pero, en el club encontró eso que le gustaba, encontró «su lugar», algo que para muchos es insignificante, y me cuenta que desde el primer día que su hija fue al club, volvió bailando creyendo que era una estrella de las que veía por televisión. Me cuenta, que él sabe que no es una estrella, pero dentro del club, ella es más grande que una estrella, ella es «Laurita», la que todos conocen, a la que todos saludan, la que todos aplauden cuando baila, y eso no es insignificante para nada. No puede renunciar a levantar al club, porque hacerlo significaría quitarle todo eso a su hija.

Testimonios hay y muchos. Como aquel tesorero que me dice, que durante la cuarentena aprendió que podía vivir sin ir al shopping o ir de compras, sin usar el auto, y sin muchos de esos privilegios materiales que uno cree tener y que le hacen felices. Pero si hay algo con lo que no podría vivir, es sin la admiración de sus hijos y su esposa, admiración que perdería si él se diera por vencido en esta lucha por mantener el club que aman. «Con qué cara los podría mirar y decirles que no estarán más con sus amigos porque no hice un esfuerzo más».

Los clubes no pueden ser on line, porque en los clubes es donde las personas conviven, o sea, donde «viven con» otros, donde pueden «vivir» con todas sus letras, donde pueden ser felices. Personas que se vuelven vecinos, vecinos que construyen amistades, amigos que levantan familias, y familias que hace que los clubes estén vivos; vida que seguirá manifestándose siempre que se escuche la risa de algún niño.

Si el deporte transmite un valor es el de la persistencia a circunstancias adversas. No importa cuánto tiempo quede en el marcador, ni cuán amplia es la diferencia en el tanteador, un jugador sabe que no hay mayor honor que el dejar todo por su equipo hasta que suene el silbato final.

Hoy los clubes, dirigentes y socios en conjunto, planifican y organizan su regreso, quizás porque les quedó gusto a poco y quieren entrenar un día más, jugar un partido más, o comer un asado entre amigos. Quizás porque les dolió demasiado que se los arrebataran así de rápido sin poder despedirse en el círculo central del campo de juego o alentando una vez más desde las gradas. Es un gusto raro a venganza, un dolor que resuena en cada buena anécdota que podemos recordar en nuestro hermoso club.

Los clubes están de rodillas en el cuadrilátero, la cuenta del referí lo hace tomar las cuerdas del ring y, aún mareado y algo aturdido, busca levantarse. Los clubes barriales no saben de derrotas, solo saben de peleas, de lucha, de sobreponerse a situaciones adversas, y seguirá dando pelea este 2020, no será fácil, pero esperamos que con el aliento de todos los socios lo ayuden a recuperar las fuerzas que algún día supo tener.

Por estas razones, hoy, tu club te necesita más que nunca. No lo abandones.