
INSTITUCIONAL. Bombazo en el mercado de pases del básquet de Mendoza. Después de 14 años, Lucas «Mula» Rubia, no vestirá más la camiseta de San José. El número «5» cambió la historia del club.
Se terminó una era. El básquetbol de Mendoza asiste al cierre del capítulo más glorioso en la historia de una institución. Lucas «Mula» Rubia se despidió de la Unión Deportiva San José. Los motivos de su salida quedarán blindados, guardados bajo cuatro llaves entre el base y la dirigencia del Santo. Pero estas líneas no nacen para juzgar si la decisión fue correcta o no; estas líneas existen para intentar dimensionar la magnitud de un legado. Porque hablar de Lucas Rubia es hablar, lisa y llanamente, del hombre que partió en dos la historia del club de la calle Bandera de Los Andes. Habrá un antes y un después de aquel lejano 2012.

Resucitar de entre las cenizas
Para entender la leyenda del «Mula» en el Santo, hay que recordar de dónde venía el club. San José era una institución que habitaba bajo las cenizas de un pasado barrial, pero que en lo basquetbolístico no trascendía desde la década del 50. La crisis de los 90 había pegado con la fuerza de un nocaut, dejando al club al borde del precipicio. Durante años no compitió en los torneos de la Federación y, cuando lo hacía, apenas lograba presentar alguna categoría formativa aislada. Un grupo de «pibes» —exjugadores de la casa— lo mantuvo de pie por puro milagro, hasta que apareció Mario Díaz para conectarle un tubo de oxígeno institucional.
Y la primera gran apuesta de esa gestión fue una quimera: enamorar al «Mula». Por aquellos días, Rubia era el símbolo de la Asociación Deportiva Anzorena y de la Selección de Mendoza. Aquel base atrevido y desfachatado que, con apenas 15 años y en la mítica cancha de Talleres en el 2001, le había jugado de igual a igual a un tal Leo Da Viá, por entonces el Rey indiscutido del básquet provincial.

Corría los primeros días del 2012. El Mula decidió armar los bolsos y dejar su cuna basquetbolística, un equipo que competía en las luces de la Liga B (hoy Torneo Federal) y soñaba con el ascenso al TNA. ¿El destino? San José. Pasaba de los grandes estadios del ascenso argentino a las canchas de baldosa, a vestuarios improvisados y tribunas ausentes. Pero su mística no se negociaba.
La refundación y el nacimiento del mito
El impacto fue inmediato. Con el Mula como bandera, San José recuperó la visibilidad, convocó a su barriada y, en su primer certamen, logró el ansiado ascenso a la A1 (hoy Superliga). Aquel era un equipo puramente combativo conducido por Fernando Santalucía y Fernando Martín, donde brillaban nombres como el Chino Romero, Alejandro Rosales, el Negro Moreno, Javier González, Valentín Puebla y Martín Lombardich (hoy, un hermano que le regaló la vida). El quiebre psicológico fue total: le ganaron la gran final a Capital, un dream team repleto de multicampeones como el Caña Fernández, Pablo Zogbe, Juan de Casas y el enorme Andrés Berman.

A partir de ahí, la figura de Lucas Rubia se tornó colosal. Si había que tirarse de cabeza al piso de cemento por una pelota perdida, él era el primero. Marcaba, robaba, penetraba, asistía, convertía. Lo hacía todo. No pedía luces ni carteles de neón; era su entrega indomable la que iluminaba al resto.

Y San José empezó a pensar en grande. El crecimiento institucional empezó a correr a la par del deportivo. Con la llegada de su hermano, Facundo Rubia, los planetas se alinearon. Juntos fueron los artífices del Argentino de Clubes 2014 y el bicampeonato de 2015. Aunque luego el club optó por no jugar el Federal, el Santo ya pisaba con autoridad de gigante en el plano local:
- Campeón Apertura 2015 (en una recordada final contra Rivadavia en cancha de Atenas).
- Clausura y Anual 2016 (con Pablo Moyano en el banco).
- Torneo Vendimia 2020 (justo antes de que la pandemia congelara al mundo).
Al regreso del confinamiento, la dictadura deportiva del Santo fue absoluta: Apertura y Anual 2021, Clausura y Anual 2022. Estrellas doradas que se bordaron en el pecho tras batallas épicas contra Atenas Sport Club. Hasta eso logró la era del Mula: revivir y transformar el duelo contra el Apache en el clásico más pasional y folclórico de la provincia, un cruce que durante décadas no existía porque habitaban realidades distintas.

El legado del hijo pródigo
Hoy se cierra una etapa dorada. Comenzará un nuevo capítulo para el club, pero el tiempo se encargará de volver inmortal lo que Lucas Rubia edificó en San José. Aquel pasillo de la calle Bandera de Los Andes lo adoptó como a un hijo pródigo, y él devolvió ese amor con creces, con trofeos, pero sobre todo, con identidad.

«El verdadero poder no radica en la autoridad impuesta, sino en ganarse el corazón de las personas…» Mula, sos gigante para propios y extraños. Dejás la camiseta, pero tu alma se queda a vivir en el parquet del estadio Mario Díaz, tu amigo, tu segundo viejo, el que te cuida desde alguna estrella todos los días.

Gracias por tu básquet, por tu entrega y por latir con el corazón en la mano.











