
JUEGOS OLÍMPICOS ATENAS 2004. Esa inigualable generación de talentos ya había dado un aviso serio en el Mundial de Indianápolis, dos años antes. En Atenas, cuna del olimpismo, llegaría la consagración sublime, extraordinaria, inolvidable. Eterna.
El primer paso se cerró con una jugada que empezaba a dar indicios de que la historia, esa vez, estaría del lado argentino. También, seguramente, sirvió como motivación para encarar con el ánimo bien arriba el resto de certamen. Claro, cómo olvidar aquella volada de Manu Ginóbili que se convirtió en el inolvidable doble de la victoria final sobre Serbia y Montenegro en el debut.
En el segundo escalón llegó el turno de España, seguramente la sombra negra de esta Generación Dorada. Como se repetiría en los años sucesivos en partidos de gran importancia, la victoria quedaría para los de rojo 87 a 76. Pero lejos de bajar los brazos, los muchachos conducidos por Magnano retomaron fuerza y aseguraron la clasificación con dos triunfos que empezaban a darle paso a una ilusión mayor. La primera víctima fue China, aplastada por un contundente 82-57, y luego le llegó la hora a Nueva Zelanda, aunque en ese caso por una diferencia mucho más ajustada (98-94). El último partido del grupo, con el equipo ya en cuartos, fue traspié frente a Italia por 76 a 75. La historia sería bien diferente en el duelo final. A esa altura, ya se destacaba Ginóbili como líder del equipo, Pepe Sánchez era un armador de lujo, Scola había explotado al máximo y el resto acompañaba al mismo compás, varios con actuaciones memorables en momentos clave.
Llegó la hora de la verdad. Ganar y seguir hacia el sueño o perder y armar las valijas para pegar la vuelta. Allí Argentina sacó a relucir el fuego sagrado en plenitud y todo se fue encaminando hacia esa inolvidable coronación final con el oro colgando de los cuellos. En cuartos se cruzó Grecia, un equipo durísimo, como siempre. Apoyado en una defensa incansable y absorbente y en Manu y Oberto, los líderes en goleo, el equipo argentino con una victoria por 69 a 64, se metió entre los cuatro mejores.
La siguiente cita era nada menos que Estados Unidos, un “Team” ya no tan “Dream” pero que no dejaba de asustar con sus estrellas NBA. Fue difícil y estuvo cerca el adiós, pero el corazón pudo más. Un excelso Manu, con 29 puntos, fue la gran figura, aunque siempre quedará en el recuerdo la actuación colectiva de esos auténticos gladiadores.
Argentina ya tenía asegurada su medalla olímpica. Sólo restaba saber de qué color sería. Y fue de oro, nomás. Otra vez por el grupo, otra vez porque cada uno supo cumplir su rol a la perfección sin perder jamás la idea del juego de equipo. Y también por Scola, que resultó incontenible para los italianos y toda la vida podría contar que anotó nada menos que 25 puntos en una final olímpica.
Síntesis
Argentina (84): Juan Ignacio Sánchez 3, Emanuel Ginóbili 16, Andrés Nocioni 7, Luis Scola 25, Rubén Wolkowyski 13 (FI), Hugo Sconochini 2, Gabriel Fernández 1, Alejandro Montecchia 17, Carlos Delfino 0. Entrenador: Rubén Magnano.
Italia (69): Massimo Bulleri 5, Gianluca Basile 9, Matteo Soragna 12, Denis Marconato 6, Giacomo Galanda 7 (FI), Nikola Radulovic 0, Gianmarco Pozzecco 12, Alex Righetti 3, Rodolfo Rombaldoni 10, Roberto Chiacig 3, Luca Garri 2. Entrenador: Carlo Recalcati.
Parciales: 23-16, 43-41 y 60-54.
Jueces: Lazaro Voreadis (Grecia) y Renato Santos (Brasil).
Estadio: Olympic Indoor Hall.
FUENTE: CABB – BASQUET PLUS – PICK AND ROLL – EL GRAFICO – MARCA

















