Entre la belleza y el drama

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La alegría no para en el Este, luego del agónico triunfo ante Platense. FOTOS: Jorge Ruiz.

Porque el básquet es mucho más que básquet, desde SALTO INICIAL compartimos este gran texto de Aldolfo Lanzavecchia, escritor rivadaviense y apasionado por su Rivadavia Básquet. El triunfo ante Platense se sigue celebrando en el Este.

Con solo un par de segundos, donde se descubre la eternidad, y previos al pitazo final, es el tiempo que alcanza para explotar en alegría, saltando, gritando, llorando, cantando, mirando al cielo, dando gracias, entrar en éxtasis, conocer a tu corazón cantando do re mi do, explorar el júbilo de la emoción con un vecino, un amigo, o un desconocido a quien acabas de encontrar en la tribuna y necesitas abrazarlo para contener el volcán que emerge de tu cuerpo, que es el mismo del otro que está a tu lado, para no morir de alegría, y justo cuando tenés que festejar por un rato largo con todos los que están ahí, en la cancha, que es el lugar en donde se ven los pingos y los jinetes manejando las riendas y la fuerza del noble potro que no se deja amansar.

La fiesta existe, y puede ser, la alegría no solo es brasilera, la alegría Naranja, pero tiene que ser sufrida, casi trágica, explosiva y a la velocidad de la luz.  Esa es la condición del Básquetbol de nuestro Departamento, de los chicos que hemos visto nacer y desarrollarse, de aquellos que llegan y se aquerencian. Claro, pero la alegría tiene que ser compartida, la alegría es con el otro, desde el otro, con muchos, con varios, con todos sería ideal.

Y en ese instante contradictorio porque querés que no sea, pero que si sea, le mentís a tú sangre, la querés engañar con un “está todo bien”, pero en verdad estás paralizado, en silencio, mudo, agonizando, con los ojos cerrados, aguantando la respiración, rezando tal vez, haciendo un nudo a la prenda que tengas en la mano, a la bandera naranja, cruzando los dedos y seguro alguno haciendo una promesa al santo preferido.

Lo bueno es que todos los caminos conducen al aro del otro equipo. Sí, la energía de todos, la de nuestros jugadores que son como bravos gauchos del desierto cuyano, o de nuestros Héroes de la Patria Grande, aparecen en el inconsciente de muchos, aunque sea para la metáfora, el público y esa hinchada juvenil que no deja de hacer arte callejero en un tablado de la tribuna, y de todos los que escuchan la radio. Sí, la radio con esas voces que te hacen ver claramente el partido, en la voz del Alberto o del Huguito, este último, joven animador relator del baloncesto, que te muestra y podes llegar a ver en el éter, en esa imaginación inclinada, en su garganta emocionada en cada jugada del equipo local, mantiene el ritmo permanente, y que suma la poesía para iniciar una nota deportiva. Todo esto nos dice que el deporte es del pueblo, es comunitario y es arte. Y la falta que nos hace sentir todo eso.

Pero ya casi entregados a la derrota, que siempre enseña, se enfrentan las posibilidades y los deseos. Y es que no está en tus manos meter la pelota en el canasto y romper la red sellando el triunfo. No está en tus manos, pero la onda, la energía, le ayuda al que tiene la responsabilidad de meter esa bola en el cesto. Entonces en una milésima de tiempo todo sucede y no lo podés creer. ¿Pero sabés qué? Sucedió. Es la verdad. Sí, la pelota entró a tiempo y fue un triple que nos hizo ganar el partido. Sí, ganar y por un punto, que es necesario y suficiente para ahora sí morir de alegría, sacar esas lágrimas con mariposas naranjas, que tienen historia deportiva y humana, para sentirte vivo y dar gracias a todos ellos que tienen de piel, la camiseta de tu club, de tu pasión.

La alegría es el encuentro de vivir juntos, de compartir, de soñar, de ser diferentes, de saber que existimos y que muchos nos esperan. La alegría de jugar y de ver jugar básquet es sentir el amor que te abraza en un color, el Naranja, porque Rivadavia Básquet Le Canta al País.

Adolfo Lanzavecchia

Escritor y artista rivadaviense